
El cabello ceniza, el color rubio que tuvo se perdió poco a poco por el tiempo.
Verdes los ojos como la hierba fresca, profundos y dulces con una mirada como inocente o perdida.
Sus mejillas siempre sonrosadas, como si constantemente estuviese ruborizada.
Su rostro aun conserva belleza de la que tuvo en su juventud, aunque también está marcado por la dureza con la que le ha tratado la vida.
Tiene las manos fuertes y firmes, capaces de herir pero también de acariciar,aunque ese gesto no recuerdo haberlo experimentado en mi niñez.
Es tan singular en su forma de andar con su paso corto y ligero, que parece que se meciese.
Siempre sufriendo ante el dolor de los demás, pero capaz de aguantar su propio dolor sin una sola queja.
Poco tiempo tuvo para mostrar su calor de madre, tal vez por que ella nunca lo tuvo, mostraba su amor quitándose el poco pan que había en casa para dárnoslo a sus hijos, no sabia hacerlo de otra manera.
Nunca la he visto llorar, solo la he sentido.
En mi inmadurez de niña pensaba que no me quería, nunca oí de sus labios una palabra de amor, nunca antes pude llamarla mamá, solo má a secas, como si fuese para mi solo la miad de una medre.
Ahora el tiempo y la madurez me han echo entender que lo hizo lo mejor que supo y que en ello se entrego por completo en cuerpo y alma.
Hoy por fin he podido llamarla mamá y decirle, mamá te quiero, te quiero, te quiero, y su voz se ha quebrado, rota por el dolor y la alegría y esas lágrimas dulces que nunca vi corrían por sus mejillas sonrosadas mojando su bello rostro.
Desde su corazón más que desde sus cuerdas vocales han salido esas palabras que siempre quise oí, yo también te quiero hija mía.
Hoy he podido sentir el amor y el calor de mi madre.
Sus mejillas siempre sonrosadas, como si constantemente estuviese ruborizada.
Su rostro aun conserva belleza de la que tuvo en su juventud, aunque también está marcado por la dureza con la que le ha tratado la vida.
Tiene las manos fuertes y firmes, capaces de herir pero también de acariciar,aunque ese gesto no recuerdo haberlo experimentado en mi niñez.
Es tan singular en su forma de andar con su paso corto y ligero, que parece que se meciese.
Siempre sufriendo ante el dolor de los demás, pero capaz de aguantar su propio dolor sin una sola queja.
Poco tiempo tuvo para mostrar su calor de madre, tal vez por que ella nunca lo tuvo, mostraba su amor quitándose el poco pan que había en casa para dárnoslo a sus hijos, no sabia hacerlo de otra manera.
Nunca la he visto llorar, solo la he sentido.
En mi inmadurez de niña pensaba que no me quería, nunca oí de sus labios una palabra de amor, nunca antes pude llamarla mamá, solo má a secas, como si fuese para mi solo la miad de una medre.
Ahora el tiempo y la madurez me han echo entender que lo hizo lo mejor que supo y que en ello se entrego por completo en cuerpo y alma.
Hoy por fin he podido llamarla mamá y decirle, mamá te quiero, te quiero, te quiero, y su voz se ha quebrado, rota por el dolor y la alegría y esas lágrimas dulces que nunca vi corrían por sus mejillas sonrosadas mojando su bello rostro.
Desde su corazón más que desde sus cuerdas vocales han salido esas palabras que siempre quise oí, yo también te quiero hija mía.
Hoy he podido sentir el amor y el calor de mi madre.



